Te necesito fuerte

Pocas veces la vida te golpea con tanta fuerza y te deja tan aturdido que lo demás no importa. La miras con tanta fijeza que te inmoviliza, te noquea y caes sobre el ring inerme.

¿Hacia dónde te llevarán sus pasos? ¿A qué brazos te asirás para seguir adelante? ¿Qué te consolará y te sacará tu preciosa sonrisa que brilla hasta hacer desaparecer los miedos?

Las respuestas son solo una: los tuyos; los que te queremos hasta sufrir contigo los silencios de las respuestas; los silencios que gritan la desazón que no entiende lo humano del dolor, del corazón; los silencios que unen al presenciar tu amor por él, que se hacen mayores porque tu amor es máximo. Porque te admiro, hermana, por tu fortaleza, por tu humanidad que esta tarde se derrumbó con toda su fuerza. El llanto por tu ser más querido es la mayor muestra de amor. Sé fuerte y serás gigante. Nunca estarás sola. Te necesitamos los débiles porque aprendemos de ti

Sé más fuerte y nos harás gigantes. Te quiero.

Sé que no lo leerás. Porque, sin decírselo, ella ya lo sabe todo.

Te regalo nuestro mar.

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Silencios que matan.

La espuma del mar, no es una imagen inocua en un poema. Es una tormenta que desprende un pensamiento, un camino virgen, sin hollar, sin huella, que recuerda al sol del invierno. Un silencio que duele, que grita la censura que amordaza los sentidos.

El mar, un lujo que asombra a los necios e ignorantes, que hace volar esa espuma hasta empaparnos de vida sin mirar atrás. El mar, un amor que une y nos iguala. No somos sus dueños y nos sentimos hermanados ante él, sucumbiendo ante su inmensidad que se nos escapa ante los ojos. Nos funde como iguales, sin nación que nos separa. Que no, que no, que cada uno es diferente, sí, pero juntos somos lluvia de espuma, cada gotita ínfima, invisible y siempre fiel conforma un todo idéntico que compartimos y queremos.

El tiempo que separa mi última entrada ha sido muy duro, inexplicable. Por eso no he escrito. Sentí la mordaza imperceptible de la reprobación ajena que me impedía expresarme porque no tenía nada que decir con el corazón. Hoy esta espuma inmensa me devuelve la palabra llena de pensamiento libre y liberado. La mentira amordaza. La verdad nos hace libres.

Carmen.

Recuerdos de colegio.

Comienza el curso escolar. Recuerdo mi primer día de uniforme almidonado, de largas trenzas peinadas con colonia Nenuco. Olores de infancia que permanecen encallados en los sentidos, como el jabón Heno de Pravia que inundaba el pasillo de mi casa. Nervios, muchos nervios y pocos años. Estrenaba zapatos, medias y cole. Mi cole nuevo, que se iba a convertir en el cole de toda la vida. Estrenaba amigas nuevas.

Vivíamos enfrente. Una carretera ancha que unía cuatro caminos. Teníamos que mirar a izquierda y derecha antes de cruzar y llegar al muro que nos llevaba a la puerta de pequeñas. Una palmera enorme nos invitaba ya a jugar alrededor de ella. Nos esperaba la madre Yábar, ya mayorcísima, que abría todas las mañanas la misma puerta de entrada. La monja de los sellos para las misiones. Avancé tímida hacia el aula de parvulitas. ¡Qué enormidad! Una fuente con agua en el medio de todo aquel espacio; un organillo que evocaba al barquillero de la salida. “¡De canela y limón!”. El encerado verde enfrente. Y muchas niñas como yo y muchas risas. Allí estábamos todas sentadas en minisillas y minipupitres, aprendiendo las letras, las canciones que nos iban a quedar en el alma para toda la vida. Sin saber aún que entre esas cuatro paredes se estaban forjando las mejores amistades futuras, irreemplazables: un sexto sentido de querencia y pertenencia.

Recreos inolvidables. Poníamos en bandera la solidaridad: juegos en los que participábamos todas: la cadena, el brilé, el “huevo, pico, araña”, las tabas, la goma y un montón que olvido.

Crecíamos muy deprisa, año a año, curso a curso, de repente. Pasamos por los distintos pabellones: el verde para las pequeñas; el marrón con un suelo de mosaicos precioso; las escaleras rojas de mármol que nos iban acercando a la adolescencia; el pabellón de mayores. Allí se acababa una etapa importante de estudios y amistades. Empezaríamos a compartir sueños y recuerdos.

Cada día que voy a visitar a mi madre a casa me asomo a los ventanales y veo mi cole, 50 años después de aquel lejano primer día y recuerdo y vuelvo a soñar.

Demasiados recuerdos.

A principio de verano conmemorábamos el centenario de la llegada del cole a la ciudad y lo celebramos reuniéndose mil antiguos alumnos que habíamos pasado por el cole. Nos volvimos a ver las promociones; volvimos a cantar, a reír en nuestra aula de parvulitas. Os dejo esta foto de ese día con muchos años más.

Espejo roto

Cuando resuena tu voz la vida va muy deprisa. Toco el cielo que me regalas con tu amor. Se llena la historia de tu vida y de la mía. Vas llenándome de amor cada día, aunque tú no lo sepas, aunque tú no quieras. Inmortalizar la luz azul del cielo. Van naciendo tus ala de hermosura y bondad senil.

¿Cuál será la lista de tus sueños? Los míos: la más bella historia de amor que ya no recuerdas. La luz del cielo te vuelve a inventar, desde el otro mundo que tú sueñas y añoras. La alegría que tanto deseo está dentro de ti. Inocencia y sonrisa. Eso eres tú para mí. No puedo vivir sin tu amor, sin tu presencia. Te voy a ver por mí. Puro egoísmo, mami.

Muchas veces no tienes nada que decir. Solo recordar. Recordar tus recuerdos. Pequeñita, cada vez más pequeñita pero más feliz, sin dolor, pero siempre más viva. Mi esperanza es quererte hasta morir de amor.

Déjame que te quiera. Hasta la locura, de tanto quererte. Tu olvido es mi recuerdo.

Mami, te quiero. No me dejes nunca. Necesito quererte, cuidarte. Tú me das la fuerza para quererte amar. Tu sonrisa de carmín es mi fortaleza. Tantos años. Nací para eso. Vivo pensando en ti. Eres la medicina para mi corazón, aunque tú no lo sepas y seas tan feliz. Trece veces feliz.

20 años de ausencia.

Hombretón a la puerta del cielo hace dos décadas. Con su impecable gabardina o su impoluto “loden”; su paraguas gris de Yves Saint Laurent (que yo aún conservo); sus piernas largas como un día sin pan; su abundante pelo gris plateado y siempre arreglado; sus rasgos perfectamente marcados circundaban su mirada de bondad infinita. Elegante, el que más. Humilde y trabajador, como pocos. Mi ejemplo. Cuando tuvo que ser fue mi equilibrio. Mi ayuda y salvavidas en los tiempos difíciles y de carencia.

Los que son más del cielo se van antes. Como debe ser. Él se fue despacito, sin hacer ruido en 15 días (más cuatro meses), remendándome el corazón roto en mil pedazos. Se merece ser llorado 20 años después. Moriría por volverlo a ver. Solo una vez. Tantos recuerdos preciosos de mi padre.

Seguro que él hizo una cola cortísima a la puerta del cielo, no tendría que aguardar mucho: San Pedro lo esperaría con una sonrisa de satisfacción enorme, lo cogería en seguida por el hombro, le daría una palmada y entrarían en el paraíso. Así me lo imagino.

Era mi padre. Lo echo de menos. Era un padre, trece veces padre.

Os dejo una foto de la puerta del Atlántico en O Portiño (A Coruña) que hice este verano durante un paseo. Para mí, la puerta hacia el cielo.

No dejes nunca de soñar.

De mañana, recuerdo con estupor el 11 de septiembre. ¡Cuántos! Hace 16 años la civilización se paró de repente porque algunos se habían propuesto deshacernos el alma embistiendo y haciendo explotar unos aviones contra las Twin Towers, dejándonos heridas e imágenes imborrables de la maldad humana. Apenas lo recuerdan ya las televisiones.

Ayer solo se hablaba de Cataluña. De la ruptura dentro de la propia Cataluña. El olvido se llena sueños utópicos. Caóticos, casi esperpénticos. Me remonto a don Ramón María del Valle-Inclán, a su escena de Max Estrella y Don Latino de Hispalis delante de los espejos cóncavos en el callejón del Gato discutiendo, bajo efluvios etílicos, sobre el sentido trágico de la vida española concibiéndolo solo con una estética sistematicamente deformada. Sí. Deformada, manipulada, inventada, enseñada, inoculada en la conciencia. ¡Cuántas veces repetimos lo que ahora ya no nombramos!

Pero hoy es ya día 12. El Dulce nombre de María. ¡Cuántas Marías tengo yo en casa! Para todas pero, sobretodo, para María. Ella sabe quién es. Parando el tiempo me embarco en un tren hacia Pontevedra. Sin cambiar el rumbo, calmando ya el viento gallego del otoño cercano. El cielo más oscuro y grisáceo que estos días pasados a través de los amplios ventanales del tren. Y eso que son las 12:30. Me acercan a ella. Siempre buscando la mejor intención y su bondad.

Te quiero, María. Mi regalo. No dejes de soñar nunca.

El fútbol de verdad.

Y, Lucas vuelve.

Y le da una patada al fútbol moderno que solo ve la pela, los arbitrajes tan injustos con el débil, los horarios tan cómodos para los gallitos de la Liga de Tebas. Nosotros, la afición de verdad, iremos a Riazor a ver al Deportivo los viernes, los domingos con el desayuno sin digerir o los lunes, ya inmersos en la semana laboral.

Lucas Pérez encarna el jugador que cualquiera querría tener en su equipo; que siente el blanquiazul de la camiseta; que se cría en el barrio de Monelos; que defiende al equipo de su ciudad aunque, por varias veces, la haya tenido que abandonar para crecer; que vuelve para ilusionarnos e ilusionarse. Para escribir la historia más bonita del fútbol.

Este es el fútbol de verdad. El que te pone la piel de gallina cuando ves que un jugador roba un balón en medio del campo y galopa hacia la portería contraria con todas sus fuerzas, ves que pelea hasta la saciedad en la banda de fuera de gol, con tal insistencia que desespera al contrario, se hace con la bola en juego, ves que tiene tanta fe que logra un golazo increíble contra el Barça empezando la remontada de la temporada.

En fin, que me encanta Lucas, que me encanta el club al que pertenezco. Este año iré a Riazor envuelta en mi bufanda azul y blanca del Dépor con mucha esperanza. Me olvidaré del frío del invierno y de la lluvia que nos empapa a todos los que ocupamos la grada de Preferencia inferior.

Lucas vuelve al equipo de su corazón. No olvida de dónde viene. Su suerte será la nuestra, seguro. El domingo a las 12:00 lo veremos en su casa, en Riazor.

“O neno está de volta” Forza Dépor!

PD. Esta foto la realicé en la Deportienda el año pasado, el mismo día que Lucas fichaba por el Arsenal FC. (foto del mural que cubría la pared)