Echar a alguien en falta en la mesa.

Vienen las Navidades. Sí. No las soporto desde el 1º de enero de 1997. Vamos mayores. Nos toca recordar a los seres queridos que no van a estar en la mesa del 24 de diciembre. Somos una familia muy numerosa. Sé que ya no se lleva. Que lo que se celebra ahora es el solsticio. Es la desnaturalización de la fiesta cristiana. Borrar el significado de lo que se celebra, la Navidad. Y pienso yo que lo van consiguiendo. Consumismo, más consumismo. No lo soporto.

En casa lo celebraremos con mi madre. Es mayor. Es adorable. Sólo quiere reunir a sus polluelos en una cena larga, en la que no habrá Papa Noel. Su única preocupación es que esté la Sagrada Familia en la mesa. A mí me hace pensar. Creo que es la única que celebra la verdadera Navidad. Y me acuerdo de mi nuera, Elena. Es matrona. Ella hace que todos los días sean Navidad. La de verdad.

Pues sí. Estas navidades de canapés y whatsapps yo echaré en falta a mucha gente en la mesa: a mi padre; a Pablo, mi hermano; a Gus, mi cuñado. A otros familiares, porque no van a estar. Disfrutaré de mi familia. Porque es la única que tengo. Porque es mi lazo para enraizarme en el núcleo que me une y me da fuerzas para seguir queriendo. Ayer fui a ver a mi madre. Le llevé tres gominolas y le hice la persona más feliz del globo terráqueo. Así es la p. vida. Tres gominolas.

Quedan menos de 20 días para celebrar la Navidad. Pero ya todos los ayuntamientos han encendido luces y pistas de hielo. No hay belenes. Consumismo, consumismo y más consumismo. No lo soporto.

Yo celebraré la Navidad. Aunque ellos no quieran recordarlo. Yo celebro que el 25 de diciembre nació el Niño Jesús. Habrá que recordarlo. También a la gente que nos faltará en la mesa.

Cuenta conmigo.

Hoy me levantado con ganas de escribir. Es una deuda que contraje conmigo misma después de muchos días de zozobra y tristeza, pero si os lo digo con el corazón, han sido días de mucha unión con mis seres queridísimos. Se lo debo a él, que nos sonríe eternamente; a ella, que lo ha cuidado hasta la extenuación, que nos ha enseñado tantísimas cosas durante estos tres meses y medio, que nos ha mostrado lo que es una Navidad “in stricto sensu” en noviembre: una verdadera familia; a ellas, que han sabido admitir sin reparos la situación; a María, que se ha desplazado para acompañar al que lo necesitaba; a mi madre, que ha servido de consuelo, de abrazo perpetuo, sólido, que en su debilidad física ha mostrado una fortaleza granítica, una templanza recia, el árbol que se va consumiendo con los años y las arrugas, al que todos acudimos para resguardo de nuestras penas.

Sin ella saberlo, nos ha hecho sentirnos más familia. Familia escogida, única, privilegiada. No sabía cuánto los necesitaba, cuánto nos necesitábamos. Unos cerca, otros lejos, pero si hay que estar, se está. Arrimando el hombro, tendiendo una mano, regalando abrazos que reconfortan y se funden en uno. Me gustaría no alejarme de ellos porque son yo misma.

Sé que esta Navidad no será una Navidad cualquiera. Nos faltará gente muy querida, muy ausente. Pero será igualmente Navidad, con muchas rosas sonriendo desde el cielo.