20 años de ausencia.

Hombretón a la puerta del cielo hace dos décadas. Con su impecable gabardina o su impoluto «loden»; su paraguas gris de Yves Saint Laurent (que yo aún conservo); sus piernas largas como un día sin pan; su abundante pelo gris plateado y siempre arreglado; sus rasgos perfectamente marcados circundaban su mirada de bondad infinita. Elegante, el que más. Humilde y trabajador, como pocos. Mi ejemplo. Cuando tuvo que ser fue mi equilibrio. Mi ayuda y salvavidas en los tiempos difíciles y de carencia.

Los que son más del cielo se van antes. Como debe ser. Él se fue despacito, sin hacer ruido en 15 días (más cuatro meses), remendándome el corazón roto en mil pedazos. Se merece ser llorado 20 años después. Moriría por volverlo a ver. Solo una vez. Tantos recuerdos preciosos de mi padre.

Seguro que él hizo una cola cortísima a la puerta del cielo, no tendría que aguardar mucho: San Pedro lo esperaría con una sonrisa de satisfacción enorme, lo cogería en seguida por el hombro, le daría una palmada y entrarían en el paraíso. Así me lo imagino.

Era mi padre. Lo echo de menos. Era un padre, trece veces padre.

Os dejo una foto de la puerta del Atlántico en O Portiño (A Coruña) que hice este verano durante un paseo. Para mí, la puerta hacia el cielo.

No dejes nunca de soñar.

De mañana, recuerdo con estupor el 11 de septiembre. ¡Cuántos! Hace 16 años la civilización se paró de repente porque algunos se habían propuesto deshacernos el alma embistiendo y haciendo explotar unos aviones contra las Twin Towers, dejándonos heridas e imágenes imborrables de la maldad humana. Apenas lo recuerdan ya las televisiones.

Ayer solo se hablaba de Cataluña. De la ruptura dentro de la propia Cataluña. El olvido se llena sueños utópicos. Caóticos, casi esperpénticos. Me remonto a don Ramón María del Valle-Inclán, a su escena de Max Estrella y Don Latino de Hispalis delante de los espejos cóncavos en el callejón del Gato discutiendo, bajo efluvios etílicos, sobre el sentido trágico de la vida española concibiéndolo solo con una estética sistematicamente deformada. Sí. Deformada, manipulada, inventada, enseñada, inoculada en la conciencia. ¡Cuántas veces repetimos lo que ahora ya no nombramos!

Pero hoy es ya día 12. El Dulce nombre de María. ¡Cuántas Marías tengo yo en casa! Para todas pero, sobretodo, para María. Ella sabe quién es. Parando el tiempo me embarco en un tren hacia Pontevedra. Sin cambiar el rumbo, calmando ya el viento gallego del otoño cercano. El cielo más oscuro y grisáceo que estos días pasados a través de los amplios ventanales del tren. Y eso que son las 12:30. Me acercan a ella. Siempre buscando la mejor intención y su bondad.

Te quiero, María. Mi regalo. No dejes de soñar nunca.

El fútbol de verdad.

Y, Lucas vuelve.

Y le da una patada al fútbol moderno que solo ve la pela, los arbitrajes tan injustos con el débil, los horarios tan cómodos para los gallitos de la Liga de Tebas. Nosotros, la afición de verdad, iremos a Riazor a ver al Deportivo los viernes, los domingos con el desayuno sin digerir o los lunes, ya inmersos en la semana laboral.

Lucas Pérez encarna el jugador que cualquiera querría tener en su equipo; que siente el blanquiazul de la camiseta; que se cría en el barrio de Monelos; que defiende al equipo de su ciudad aunque, por varias veces, la haya tenido que abandonar para crecer; que vuelve para ilusionarnos e ilusionarse. Para escribir la historia más bonita del fútbol.

Este es el fútbol de verdad. El que te pone la piel de gallina cuando ves que un jugador roba un balón en medio del campo y galopa hacia la portería contraria con todas sus fuerzas, ves que pelea hasta la saciedad en la banda de fuera de gol, con tal insistencia que desespera al contrario, se hace con la bola en juego, ves que tiene tanta fe que logra un golazo increíble contra el Barça empezando la remontada de la temporada.

En fin, que me encanta Lucas, que me encanta el club al que pertenezco. Este año iré a Riazor envuelta en mi bufanda azul y blanca del Dépor con mucha esperanza. Me olvidaré del frío del invierno y de la lluvia que nos empapa a todos los que ocupamos la grada de Preferencia inferior.

Lucas vuelve al equipo de su corazón. No olvida de dónde viene. Su suerte será la nuestra, seguro. El domingo a las 12:00 lo veremos en su casa, en Riazor.

«O neno está de volta» Forza Dépor!

PD. Esta foto la realicé en la Deportienda el año pasado, el mismo día que Lucas fichaba por el Arsenal FC. (foto del mural que cubría la pared)

Un sábado de septiembre

Empiezo una hoja en blanco. Septiembre. Muchos cambios. La gente vuelve de las vacaciones. ¡Menos mal! Ya harta de ver en Twitter, Instagram y Facebook fotos de gente viajando, comiditas, piscinas, playas, gatos y no sé qué más. La vida se normaliza. En el fondo estoy deseando que sea así. La mentira de las redes sociales. La apariencia que no es real.

Ha empezado septiembre. Yo reanudo el aperitivo con mis amigas de los sábados y domingos. No hay dios que lo pague. Aunque ellas no lo sepan, es lo que me da la vida. Sí lo saben. La vida recomienza a pesar de haber vivido el agosto más triste de mi vida.

Retomamos la inercia del otoño. Nueve meses evitándolo porque nos acerca al invierno gallego, tristón, frío y, sobretodo, largo. Tendremos que aprovechar el veranillo de San Martín. Me encantan los higos. En realidad, en Galicia tenemos un buen otoño. No hay queja. Nunca me oiréis hablar mal del clima gallego. En el fondo me encanta sentir el aire frasco de estos días de principio de septiembre que invitan a avanzar hacia el colorido otoño.

Recordaremos los atardeceres de finales de agosto.

Enfriando el miedo.

No sé qué escribir para enfriar el miedo. No hablo del miedo físico, o sí. No sé. Las tormentas de estos dos últimos días me hacen reflexionar sobre el terror que provoca lo imprevisto: lo que hace que una vida cambie. De repente te hallas ante un precipicio que paraliza y bloquea tu «normalidad». Por eso quiero atemperar la sensación de impotencia y miedo.

¡Ay, si tuviera la receta para desertar y apearme del miedo! Sería un esquirol que huye sin rumbo del abismo; un cobarde que niega la evidencia de la apariencia burlando la suerte.

Sin bandera, sin identidad. Es mejor esconderse entre la multitud engañando al alma, presa de la ignorancia y la necedad.

El corazón late y sueña con el mar que rompe su embestida contra el miedo.

Héroes

Mis héroes los tengo cerca de casa. No son extraños que guardan sus temores en la apariencia. Tienen miedo y ahí están. Firmes. Fuertes. Me dan sentido a las vueltas y portazos de la vida.

¡Cuánta gente pasa por nuestro lado y no nos damos ni cuenta! Son héroes. Se levantan temprano, trabajan por los suyos, sonríen, lloran, son. Confían. No han hecho nada extraordinario, tal vez. Sí, sí. Lo ordinario es extraordinario. Las cosas pequeñas conforman lo importante. Ahora mis héroes luchan por cada amanecer, por cada paso que anuncia un nuevo descanso. Ahora cada vuelo es el propicio. Cada avance es una nueva victoria. Por eso son mis héroes. Combaten y se enfrentan cada mañana a la tormenta imperfecta. Más fuertes.

Siempre confían.

(Monumento que honra la memoria de los héroes del Orzán, A Coruña)

ESPERANZA

La vda empieza hoy, siempre hoy. Tantos sueños que quedan por hacer realidad. Tanta esperanza que no paralizarán ni las horas ni los días. Toma aire y sé. Sé esa mujer que todos queremos, que tú quieres ser. No te rindas. ¡Qué difícil!

Tantos años. La vida se emperró en que naciéramos en la misma familia. Unidos para siempre. Tantos. Somos muchos los que te queremos. El lazo es más fuerte que nuestra propia sangre.

Las palabras son, casi siempre, solo el bálsamo que necesitamos para entender qué está pasando, para levantar el vuelo y ser. Sonríe. No pienses que duele.

Con paso firme. Con los tuyos. Con todos. Siempre hacia adelante.

El Dépor me mata

«Eu son do Dépor». Y mira que es difícil sobrellevarlo temporada tras temporada. Pues sí, el blanquiazul es mi color favorito, el del cielo, el de la espuma y el mar de mi ciudad. Demasiado sentimiento en las venas. Todo el verano en el letargo y ya mañana la ilusión recomienza.

No me gustan los pitos, las protestas, los insultos, los fanáticos. Hay muchas cosas alrededor del fútbol que detesto.

Me gusta el sentimiento de pertenencia, reír y sufrir. Demasiadas veces sufrir. Los nervios antes del partido. Compartir ilusiones con 25000 más. Ver el estadio repleto de gargantas que cantan y se desgañitan al mismo son.

No me preguntéis por qué. «Eu son do Dépor».

Mañana todos a Riazor.

Una furtiva lágrima

A veces la vida te golpea con zarpazos que te hieren el alma rompiéndotela en pedacitos irremplazables. No tengas miedo, estamos contigo. Esta «batalla» por la vida la vamos a ganar todos juntos. Seremos tu medicina.

Despacito, con calma, con esfuerzo. Exprimiendo cada segundo. Siempre se llega.

De repente suena el móvil. Número desconocido. Impulsivamente lo cojo. Suena al otro lado una voz lejana en el tiempo pero reconocible. Me ha devuelto a épocas anteriores. Y me ha dado una alegría inmensa que necesitaba. Ay, los amigos, qué útiles son!

Las televisiones solo hablan de lo de ayer en Barcelona, en Cambrils. Nos estamos volviendo locos, pero no tenemos miedo. Nos quedan nuestros atardeceres que no nos abandonan.

GRACIAS

Eran las 00:00 y giraba cómplice el reloj cayendo la hoja del almanaque. Delante estabas tú. Tú siempre estás, tu sonrisa. Apareciste por casualidad. Yo también aparecí sin saberlo.

No te podrás creer lo que te necesito. Llegaste a mi vida y le diste la esperanza que le faltaba. «¿Qué haría yo sin ti?» Como tú dices continuamente. Pues, no. Te lo debo yo.

No caben en mi corazón las palabras que me harían falta para darte las gracias por tu generosidad, por tu cariño.

Tú eres mi regalo.

Gracias, siempre gracias.